Siempre que afloran los prejuicios éticos o nacionales,
en tiempos de escasez, cuando se desafía la autoestima o vigor nacional,
cuando sufrimos por nuestro insignificante papel y significado cósmico
o cuando hierve el fanatismo a nuestro alrededor, los hábitos de pensamiento
familiares de épocas antiguas toman el control. La llama de la vela parpadea.
Tiembla su pequeña luz. Aumenta la oscuridad.
Los demonios empiezan a agitarse (Carl Sagan).

"los genes predisponen, pero es definitivamente el ambiente lo que hace que se manifiesten".

jueves, 1 de mayo de 2008

"Que las conductas sociales tengan una base biológica no significa que sean fijas e inamovibles; el determinismo biológico es falso, no somos máquinas programadas por nuestros genes, sino que en última instancia podemos decidir entre el bien y el mal", afirma Carles Lalueza, profesor de la Unidad de Antropología de la Universidad de Barcelona, que, junto a Óscar Vilarroya, director de la cátedra El Cerebro Social, de la Universidad Autónoma de Barcelona. No todos en el mundo científico están de acuerdo. Susan Blackmore , por ejemplo.O Patricia Churchland. Me hubiera gustado asistir a la ponencia Somos o nos hacemos, organizado el pasado martes por el Aula EL PAÍS y el Observatorio de la Comunicación Científica de la Universidad Pompeu Fabra.Seguramente no existe tema más trascendente en filosofía en estos momentos que el del libre albedrío. No volverá la filosofía a ser una disciplina meramente introspectiva después de la irrupción de la neurociencia.

Desde estas premisas ¿cómo juzgar el horror? ¿cómo satisfacer la necesidad de retribución que los humanos también tenemos inscrita en nuestro cableado básico? Si es cierto que disfrutamos de un margen para la elección ¿no determinará una valoración no moral y no punitiva de un caso como el de Fritzl que lado de la línea escogerán algunos tarados indecisos que sólo necesitan un empujoncito? Dice Enrique Rojas: "Ayer mismo, algunos periodistas que me entrevistaron a propósito de mi último libro, me preguntaban: ¿Es una persona normal, es un enfermo? ¿Qué pasa por la cabeza de un sujeto que tiene este tipo de comportamiento durante tantos años? ¿Cómo se llama a eso? Las preguntas saltan, suben, bajan, se arremolinan en torno a un hecho kafkiano, abrumador, perverso, repleto de patología. Mi respuesta es así de clara: Fritzl es un psicópata de libro y los hechos de su vida tienen el tono sobrecogedor y la firma de un severo y atroz trastorno de la personalidad."

En los EEUU se han empezado a dejar de lado los eximentes de los delitos basados en circunstancias sociales, familiares o de consumo de sustancias que alteran la personalidad, o por lo menos a determinar que pocas veces impiden al acusado la distinción entre el bien y el mal. El grado de confusión que provocaban, con el resultado de percibir a la justicia como una institución más centrada en proteger al delincuente que a la víctima, puede que lleve a la larga a que a un delito determinado le corresponda una pena concreta sin más valoraciones paralelas.Quizá de esta manera la cuestión del libre albedrío llegue a ser perfectamente superflua en cuestiones penales y quede con ello intacta la cuestión de la responsabilidad social de cualquier individuo respecto a las consecuencia de sus actos, requisito ineludible para una convivencia pública sostenible.

Esta es una idea poco cristiana, pero más acorde con un conocimiento del ser humano mucho más completo e impensable hasta hace sólo unas décadas.

7 comentarios:

Yamato dijo...

No estoy de acuerdo contigo. Lo que se cuestiona, en todo caso, no es "la cuestión del libre albedrío", sino hasta qué punto determinadas circunstancias afectan realmente al libre albedrío del individuo. Por poner un ejemplo, hace un par de años se diagnosticó un severo trastorno de personalidad a un acusado de asesinato, pero el examen pericial determinó que este trastorno no le impedía distinguir entre el bien y el mal o ser perfectamente consciente de la trascendencia de sus actos. Dicho en otras palabras: no es que no fuera consciente de que estaba matando a la víctima; es que no le importaba.

El libre albedrío nunca podrá considerarse como una cuestión superflua en el ámbito penal. Lo que se está replanteando es que quizá esas circunstancias eximentes o atenuantes no tienen por qué disminuir el libre albedrío del individuo, y por tanto no pueden aplicarse de forma automática como viene siendo habitual.

Brian dijo...

"No todos en el mundo científico están de acuerdo...".

Pero de entrada ya nos hemos cuidado de afirmarlo categóricamente y de destacarlo en el título y en negrita. Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mí señor...

Mujer-Pez dijo...

No entiendo qué dice, brian. ¿dice que, a tenor del título, tengo un señor? Además, ¿acaso usted no está de acuerdo en que "los genes predisponen, pero es definitivamente el ambiente lo que hace que se manifiesten". ?

Mujer-Pez dijo...

Yamato, cuando tenga tiempo, busco dónde leí eso de los eximentes psicosociales, que era muy interesante

Oriana dijo...

¿Qué pasa cuando el criterio individual sobre lo que está bien o mal entra en confrontación con lo que establece la sociedad? El señor Fritzl tiene su propio criterio sobre lo que está bien o mal, sin duda. Esté determinado por los genes o no. Pero sabía que el criterio de la sociedad era distinto porque se cuidó muy mucho de ocultarlo. Sabía que quebrantaba la ley.

Para psicópatas locales de libro, la familia Anglés al completo. Estirpe nacida de un hombre alcohólico y una mujer borderline, cuyo retoño más famoso fue Antonio, el presunto asesino de las chicas de Alcasser. Hay un libro, "Des de la tenebra: un descens al cas Alcasser" que relata el origen y perturbaciones varias de esta familia desde un punto de vista racional y muy alejado del sensacionalismo. Creo que la versión en castellano está agotada.

Mondo magufo: En la India lanzan a bebés desde 15 metros de altura, que son recogidos en una sábana tensada por varios hombres. Lo estoy viendo en la tele. Así crecen fuertes. Los padres hacen cola para que el señor chamán les tire a sus críos desde la azotea

Yamato dijo...

Te lo agradeceré mucho, Mujer-Pez.

Juan Poz dijo...

También en El País aparecía un artículo en que se refutaba la idea de que se tratara de un enfermo. Y estoy de acuerdo. La única enfermedad del déspota es la de quien ha llevado al extremo una concepción autoritaria de la vida no muy distinta de la que pueden tener tantísimos y tantísimas ciudadanas. Venimos de ahí, en el curso de la especie: Mías son la vida y la hacienda de quienes me sirven. Yo soy el señor todopoderoso que dispone a su antojo de los siervos.
No sé por qué se ha producido una extrañeza semejante.
¿En qué se distingue la epidémica violencia contra las mujeres de la violencia ejercida por esa encarnación del ideal autoritario, conservador?
No, no hay enfermedad. Hay ideología.