Reseña de Ana nuño publicada en "Papel Literario", suplemento literario del importante periódico venezolano El Nacional.
Para Papel Literario-El Nacional
Cómo fundar un partido político y no morir en el intento
Por Ana Nuño
Hacia
octubre de 2004, un grupo de amigos comenzó a reunirse a fechas más o
menos fijas, cada dos meses, para compartir cena y charlas en un
restaurante de la Plaza Real de Barcelona. Al comienzo eran unos diez,
pero con el tiempo el grupo se fue ampliando, sin que en ningún caso
llegase a rozar la veintena. Tenían en común tres cosas: eran, por
profesión, cualquier cosa salvo políticos, habían nacido o vivido en
Cataluña, y estaban preocupados por el nacionalismo rampante de los
partidos políticos y gobiernos catalanes. Sobre lo primero, hay que
decir que algunos encajaban en esa categoría perversa, a la vez
imprecisa y prejuiciosa, de ‘intelectuales’, que en la realidad de
nuestras sociedades mediáticas es casi indistinguible ya de las más
faranduleras de ‘famosillos’ y ‘celebridades’. Era el caso general, sin
duda, de Albert Boadella, Félix de Azúa o Arcadi Espada, y en el ámbito
catalán, de Francesc de Carreras o Ivan Tubau. Y sobre lo esencial, que
era el motivo de aquellas cenas, desde luego no se trataba de ninguna
novedad: desde 1980, el gobierno regional de Cataluña había estado en
manos de un mismo partido, Convergència i Unió, caracterizado por
gobernar con una de las armas favoritas de los corporativismos
populistas: el marcaje y exclusión social del discrepante a su línea
ideológica. Esa línea era y es el tradicional y decimonónico
nacionalismo esencialista: catalanes y Cataluña como esencia inmutable
en la historia (es decir, a pesar y contra la historia, que si algo es,
es mutabilidad y cambio), en también invariable lucha contra sus eternos
enemigos (los españoles, también vistos, claro, como pétreo destino en
lo universal), avanzando hacia el alba esplendorosa de una Cataluña
míticamente tersa. Esto, bien que lo sabían aquellos tertulianos de
cena, casi todos activos desde hacía años en movimientos e iniciativas
de una sociedad civil que, desde la Asociación por la Tolerancia hasta
el Foro Babel, en repetidas ocasiones se habían opuesto a leyes y
disposiciones con las que los sucesivos gobiernos de CiU imponían aquel
marcaje y exclusión, sobre todo las Leyes de Política Lingüística y su
desarrollo desde la administración pública.
El lector de buena fe
mas ignorante de los vericuetos de la política catalana, y debido al
poco espacio de que dispongo aquí, podrá hacerse una somera idea con el
siguiente guión de política-ficción. Imagine el venezolano, por ejemplo,
que sus gobernantes deciden que su principal por no decir única labor
consiste en restaurar la Venezuela pura y auténtica, que no es otra que
la de los caribes, y para ello obligan a todos sus habitantes a utilizar
en sus comunicaciones, desde las aulas hasta los ministerios hasta los
hospitales, la lengua taíno. Es más, a comerciantes y empresarios se les
obliga a anunciarse en esta lengua, y quien lo hiciere en la del
enemigo (¿qué otra? el español, claro) será acosado y multado. Algunos
pensarán que exagero, que el catalán no es una lengua extinta, etc.;
pero basta un mínimo de conciencia civil para ver que se trata de lo
mismo: de partir de la postulación de una realidad mítica, para decretar
que en esta hay que hacer encajar, por la coacción y la fuerza si es
preciso, la realmente existente. Último dato, para quienes lo ignoren:
la sociedad catalana es bilingüe, pero además en ella, los que tienen al
castellano o español como lengua materna son mayoría (un 54 %).
Ante
ese estado de cosas, aquel grupo de amigos se decía que algo había que
hacer. Máxime al comprobar que, con el traspaso del gobierno de CiU a
los socialistas catalanes en las elecciones autonómicas de 2003, ya
estaba claro no sólo que nada de eso iba a cambiar, sino que seguramente
empeoraría: Pasqual Maragall, flamante President de la Generalitat
gracias a una coalición de partidos de izquierda y nacionalistas, lo
primero que hizo fue anunciar que Cataluña tenía un solo problema que
resolver: arrancar más autogobierno al malvado gobierno central español,
y una sola ocupación digna de su clase política: la redacción de un
nuevo Estatuto de Autonomía.
Los amigos, de cena en cena, acabaron
comprendiendo que había pasado la hora de redactar manifiestos y
recoger prestigiosas firmas y organizar actos públicos para alertar a
sus conciudadanos, y que lo único que cabía era abrir un proceso
constituyente de un nuevo partido político. Que lo fuera por su rechazo
del nacionalismo, pero también y sobre todo por su abierta y firme
defensa de los valores de igualdad de todos los ciudadanos en el marco
de la Constitución española de 1978, una norma equiparable a las
constituciones liberales y democráticas del entorno europeo de España.
Eso sí, como buenos intelectuales al cabo, redactaron un manifiesto[1] y
lo presentaron en sendos actos a la prensa y al público. Por
descontado, recibieron el esperado chaparrón de insultos
(‘españolistas’, ‘fachas’) y amenazas (incluso una de muerte, que hubo
que responder con una demanda), pero al cabo de menos de un año nació el
primer partido político fundado desde la Transición, no sólo en
Cataluña sino en España toda: Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía. Que
tres meses después, en las primeras elecciones autonómicas catalanas
tras su fundación, “envió”, como dicen los ingleses, al Parlamento local
a tres de sus miembros, elegidos diputados.
De las cenas y
discusiones y del revuelo considerable que supuso en Cataluña la
formación de ese partido (que sigue contando hoy con representación
parlamentaria local) se habían escrito hasta la fecha análisis y
recogido testimonios, pero ahora contamos, por primera vez, con una
crónica de primera mano escrita por uno de aquellos comensales que
acabaron convirtiéndose en los 15 firmantes del manifiesto y fundadores e
impulsores del nuevo partido. O mejor dicho, una: María Teresa Giménez
Barbat, en
Citileaks. Los españolistas de la Plaza Real,[2]
narra en una prosa clara, sin políticas retóricas y con no pocas dosis
de humor, su experiencia como una de las dos mujeres que participaron en
el proceso previo y posterior al lanzamiento del manifiesto fundacional
del partido, una de las dos mujeres que quedaron subsumidas en la
etiqueta de ‘los 15 intelectuales’, como los medios nacionalistas, que
en Cataluña son todos, pretendieron hacer mofa de ellos, lo que revela
únicamente la alta idea que la Cataluña bienpensante se hace de la
inteligencia.
Los argumentos
ad hominem y
pro domo sua
son despreciables, pero perdóneseme que, por una vez, me valga de uno
para recomendar la lectura del libro de Giménez Barbat. Quien se asome a
él, sea o no catalán y maneje o no todas las claves locales, se hará
una idea de lo extraordinariamente difícil que es la acción política en
su manifestación más formal y civilizada, que sólo proporciona un
partido político (para cualquier otra forma de acción política, basta
con encontrar a un pillo y ponerlo al frente de una turbamulta). La
democracia sin partidos puede parecer más fácil, de entrada, pero a la
larga, como en el Capricho nº 43 de Goya, sólo produce monstruos.
Ah,
lo olvidaba: yo soy la otra mujer de aquel grupo de los 15, y a pesar
de seguir profesando el sano y necesario espíritu de discrepancia y
contradicción sin el cual no habríamos sido capaces de fundar el
partido, me alegro de que mi compañera de armas (y de armas tomar) nos
regale su verídica y deleitosa crónica.
[1] Puede leerse aquí: http://www.ciudadanos-cs.org/jsp/publico/conocenos/manifiesto1.do
[2] Mª Teresa Giménez Barbat,
Citileaks. Los españolistas de la Plaza Real. Prólogo de Ignacio Vidal-Folch. Sepha, Málaga, 2012.