Siempre que afloran los prejuicios éticos o nacionales,
en tiempos de escasez, cuando se desafía la autoestima o vigor nacional,
cuando sufrimos por nuestro insignificante papel y significado cósmico
o cuando hierve el fanatismo a nuestro alrededor, los hábitos de pensamiento
familiares de épocas antiguas toman el control. La llama de la vela parpadea.
Tiembla su pequeña luz. Aumenta la oscuridad.
Los demonios empiezan a agitarse (Carl Sagan).

gracias, todavía no

domingo, 26 de octubre de 2008

Ayer, al bajar al portal de mi casa, me encontré con dos vecinas que estaban hablando. Ambas son mujeres mayores. No sé si existe la palabra “ochentena”, pero andan por ahí. También andan con bastón. Una, muy alta, estiradilla y con mucho porte, lo lleva que parece más un objeto de mando que de apoyo. La otra, temblorosa, casi “browniana” de movimientos, pero con una mirada llena de determinación, lo necesita malamente. Me avisaron al llegar de que la suya era una charla filosófica y que apretase el paso si no me apetecía tal cosa a esas horas. Me quedé, como no, unos instantes con ellas. Hablaban de la vida y de la muerte. De Severiano Ballesteros. Del alargamiento inútil de la vida. De que tememos la muerte porque no sabemos en qué condiciones nos va a llegar. Yo les digo que, aunque seamos capaces de valorar nuestro final de manera distante en el portal de nuestra casa, llegado el caso, siempre deseamos vivir…un día más. Y que esto da al traste con todo. Suspiran y me dan la razón. La “browniana”, que digo yo, termina la discusión diciendo, muy segura, que no se debe temer a la muerte sino a la soledad. Que es lo más terrible que le puede pasar a alguien en su vejez.

Y yo me marcho recordando una noticia que recorté del periódico hace ya unos días. Una noticia que me impactó y que querría comentar con ustedes. “El suicidio asistido de una mujer sana agita Alemania” . Un ex ministro democristiano de Justicia de la ciudad de Hamburgo ayudó a morir a una anciana que se sentía sola. Bettina Schardt, nacida en Berlín en 1928, no padecía ninguna enfermedad mortal ni particularmente dolorosa. La mujer relata que se sentía sola, que carecía de familia y que su mayor miedo era acabar en un asilo. Asistida por el ex ministro, que lo grabó todo en vídeo, tomó primero una solución de valium. Después, una dosis letal de chloroquine, un medicamento antipalúdico. El artículo dice que será difícil que se alcance pronto una reforma legal respecto a la eutanasia en Alemania, dados los escrúpulos políticos en regular por ley cuándo un médico puede acelerar la muerte de su paciente.

Pues me alegro. Comparto plenamente la repulsa que este caso ha suscitado en Alemania. Este ex ministro, Kush, ¿no tenía más opciones que cortar por lo sano, y nunca mejor dicho, para que esta mujer abandonada recobrase un poco de ilusión por los años de vida que aún podrían haberle correspondido? Ya no entiendes a esos democristianos. Parece que consideró mejor idea acabar con su vida que llevársela a su casa (hay quien recoge perros abandonados ¿no?)

Ahora todo son propuestas para acabar de una vez por todas. Desde las tesis del Dr. Kervokian al famoso kit del Dr. Muerte. No comparto este estado de opinión. Como saben muchos de los que leen estas páginas con cierta asiduidad, esa discrepancia no proviene de mi adhesión a ninguna fe, pues soy atea. El mundo es un lugar más complejo de lo que los aficionados a establecer antagonismos binarios suelen pensar. Ser ateo no te obliga a ser fan de “Mar adentro”. Tampoco le apasionaría a Nat Hentoff , descreído que se define como “un ateo judío”. En su artículo en el Free Inquiry de este mes de octubre, de título “La brigada de los que ayudan a morir”, se muestra muy crítico con esta epidemia de tipos bondadosos que le animan a uno a coger el portante. Y aún más con la pretensión, todo lo bienintencionada que se quiera, de que alguien decida que nuestra calidad de vida es tan pobre que su final sería una bendición o que el propio estado intervenga promulgando leyes que afecten tan privada decisión. Explica cosas muy inquietantes. Por ejemplo. El Programa de Asistencia Médica del estado de Oregón (EEUU) administra una burocracia de la compasión que le llevó a comunicarle a una enferma de cáncer de pulmón que su seguro no incluía cierto tratamiento para enlentecer el proceso cancerígeno que padecía pero sí el suicidio asistido. Eso dice Nat Hentoff, pagina 23 concretamente. Han leído bien. Y el director médico lo explica así: “No podemos cubrirlo todo. Así que tratamos de lograr políticas que provean del mayor bien para el mayor número de personas”. Suena sensato, pero no deja de ser un utilitarismo que pasa por encima de los habitantes de Oregon que preferirían hacer más lento el crecimiento de su cáncer que morir dignamente pero ya. Y no es EEUU el único lugar donde estas cosas ocurren, como reporta Wesley Smith en un blog que monitoriza esa llamada “cultura de la muerte”.

Nat hentoff es un hombre que ha sufrido una grave depresión clínica durante años. En sus palabras, “he estado durante años en un agujero negro”. Reconoce haber valorado muy en serio la técnica más segura y simple para acabar con todo. Hasta que un médico pudo tratarle convenientemente y le sacó del agujero de marras. Ahora se alegra mucho de su indecisión, pero está convencido de que si alguien le hubiera sugerido una formula fácil para morir lo hubiera hecho.

Quizá pensando que estamos ejerciendo nuestra libertad y emancipándonos de las cadenas de las religiones y las costumbres decimonónicas nos dejamos llevar, más corderitos que nunca, hacia el lugar en el que se hace lo más práctico con la gente que ya no le sirve a nadie. Y, encima, pidiéndolo por favor.

12 comentarios:

irichc dijo...

Ni siquiera es necesario conceder el punto a las religiones, pues el derecho natural es también -y sobre todo- patrimonio ilustrado. Visto lo cual no hay más dilema que éste: lo que no sea razón o aspire a ella es sentimentalismo. Nietzsche ya advirtió de los devastadores efectos de cierto tipo de compasión, aunque en otra parte abogase nada compasivamente por "la muerte rápida" (Zaratustra).

Apostata dijo...

Estimada Mujer Pez.

Al hilo de lo que cuenta, quizá no haya que esperar a que de viejos se nos aparte después de haberlos servido bien, que diría don Juan Manuel, del Poble Sec, que no de Villena. Hace poco nos despachaban los periódicos una ronda de estadísticas, de esas que no llevan nombre propio, pero que dejan intuir una nutrida constelación de amarguras y miserias particulares. Decían que aquí, en la Cataluña de nuestros pecados, que tan entretenida anda siempre en marcar el paso patriótico y vernáculo de sus ciudadanos, ya era el suicidio la segunda causa de muerte entre nuestros jóvenes, por detrás de los accidentes de tráfico. Aunque, concretamente, en la ciudad de Barcelona, ya es más común que se nos autoaniquilen los muchachos, que que pierdan la vida en la carretera.

Si ampliamos el espectro a todas las edades, cada vez que entramos en un vagón de metro, de esos en que se hacinan entre ochenta y noventa seres humanos camino de la escuela, del trabajo o de ninguna parte, estamos compartiendo espacio con alguien que intentará quitarse la vida. Ellas lo intentan más, dicen las cifras, pero según parece son ellos los que acaban teniendo mejor puntería.

Y es que, doña Teresa, como decía el “Nano” unos versos más abajo, el mundo es de teatro y experimental, como los son nuestras políticas sociales, nuestros ensayos educativos y nuestros buenas intenciones de cada nuevo año. Detrás está la gente, que dice el Nano, soportando las cargas de una existencia cada vez más aislada, más productiva, menos humana. Y así pasa, que mientras resulta prodigioso ver a un político renunciar a un cargo público, nos vamos acostumbrando a que aumente el número de seres humanos que deciden dimitir de su propia vida.

Supongo que la culpa es nuestra por tener conciencia. Si las células de nuestro cuerpo supieran en que consiste su trabajo también dimitirían. Pero no lo saben y por eso se afanan a cada instante por cumplir su anónima misión con disciplina. A nosotros nos ha dado por pensar en lo que hacemos, a qué servimos con nuestra soledad diaria, con nuestros afanes y nuestras hipotecas, con una vida laboral que amenaza con volverse tortuosa y longeva a lo largo y a lo ancho de nuestra existencia. Nos ha dado por pensar, doña Teresa, y eso es fatal para unas piezas a los que sólo se les exige que cumplan unos ratios de productividad y consumo diarios. Por eso es bueno que ahora se legisle mucho y bien al respecto, para que se puedan eliminar con suavidad los elementos gastados o defectuosos que no contribuyan a la fluidez del sistema.

Se hizo esperar su artículo, doña Teresa. Pero llego lúcido y eficaz, como siempre. Aunque esta vez me supo más amargo que de costumbre.

Un saludo.

Abate Marchena dijo...

Amo la vida con locura. Como no he cambiado en tres días de opinión sobre la muerte, y adversión no le tengo, ni el suicidio ni la eutanasia son temas que considere deben ser generalizados ó regulados por leyes.
Es muy personal el sentido sobre la vida. Personalmente no descarto su uso el día que lo considero adecuado a mi presente y futuro.

Como tiene relación con ello te cuelgo un escrito en el blog de "al lado" que el pasado sábado hablaba sobre la muerte:

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J. Moreno, octubre 25, 2008 - 10:25 am
Usando Internet Explorer 6.0 en Windows XP
¡¡Pués qué quiere quiere que le diga!!. Hace un año que me diagnosticaron un mieloma múltiple.
Cada tres meses me he sometido a analíticas de sangre y orina y han resultado con valores parecidos que la confirman.
Me dijeron que es una modalidad cancerígena asintomática.
Hasta que lleguen los síntomas disfrutaré del presente psico-social como un poseso. Mi cuerpo siempre lo he tratado con responsabilidad, y en ello sigo.
Mis ganas de ver, oir y analizar el Gran Teatro de la Vida son las mismas que a los 18 años.
Y tengo 68.
Salud y larga vida querido Q.

J. Moreno, octubre 25, 2008 - 10:30 am
Usando Internet Explorer 6.0 en Windows XP
¡¡ah!! y la muerte no es un gran fantasma. Simplemente el final de la consciencia y otro cambio más de la materia.
Lo que nos ocurre es que no queremos perdernos el gran espectáculo humano.

Brian dijo...

Hola Teresa,

Yo sí soy partidario de la regulación de eutanasia y del suicidio asistido, pero no es mi intención polemizar contigo; sólo quiero hacer un par de puntualizaciones sobre tu texto.

1) En tu encuentro con las viejecitas les dices que: "aunque seamos capaces de valorar nuestro final de manera distante (...) llegado el caso, siempre deseamos vivir…un día más". Esto sueno -seguro que lo recordarás)- como letanía de los creyentes: "llegado el momento de enfrentarse a la muerte todo el mundo, por más que se crea ateo, se acuerdo de Dios".

2) En el último párrafo reflexionas: "Quizá pensando que estamos ejerciendo nuestra libertad (...) nos dejamos llevar, más corderitos que nunca...etc". Tres cuartos de lo mismo. Estás prejuzgando lo que los demás sienten "en el fondo" aunque sean tan simples que no son conscientes de ello.

Está muy bien defender cualquier idea o cualquier posición, con razonamiento éticos, morales, políticos o del tipo que sean, pero no hay ninguna necesidad de -o mejor dicho, no debe hacerse en ningún caso- infravalorar la capacidad de juicio de quienes tienen opiniones distintas.

Saludos

Pepe dijo...

La presión psicológica sobre los inútiles no hará sino aumentar, ellos ya saben que está permitido y cada vez mejor visto que renuncien a seguir molestando.
Enhorabuena y saludos Mujer pez

Apostata dijo...

Creo que se está produciendo una confusión, o quizá el confuso sea yo. El artículo empieza hablando del miedo a la soledad y a la vejez, más que a la muerte, y continúa haciendo referencia al suicidio de una mujer sana que se sentía sola.

Posteriormente si habla de la eutanasia referida a enfermos terminales, pero centrándose en el absurdo de aplicarla como solución directa, casi diría económica, que evita el exceso de gasto público en determinados tratamientos terapéuticos.

Finalmente habla de los estados de depresión que pueden llevar al deseo de la muerte, y cómo si, en lugar de tratar de darles un tratamiento efectivo, se les ofrece una salida por la vía rápida, serían muchas las personas que perderían la oportunidad de salir con éxito de un proceso depresivo transitorio.

Ignoro cual es la valoración de doña Teresa al respecto de la eutanasia en casos irreversibles y de extrema crueldad para el enfermo, pero este es siempre un tema complicado en el que hay muchos puntos intermedios. Uno puede posicionarse sencillamente contra lo que ha dado en llamarse el “encarnizamiento terapéutico”, o abogar directamente porque el Estado facilite la eliminación de los ciudadanos que así lo deseen por causas psicológicas aunque estas puedan ser, según el caso, meramente coyunturales. Es en contra de este último extremo, más bien frívolo, en el que yo me he tomado este artículo. Pues lo que veo reflejado en él es la crítica a la deshumanización del Estado y de la sociedad, que en lugar de volcarse para resolver los problemas sanitarios y psicológicos de sus ciudadanos, se limitan a enmascarar el problema bajo una cuestión de libertad personal, y se apresuran a despacharlos de la manera más económica posible.

Desde luego, en mi opinión, cuando ya nada se puede hacer por alguien que no puede salir adelante bajo ninguna circunstancia, y al que sólo le espera un último transito doloroso que nada aporta al devenir de su existencia, creo que la decisión ha de corresponder exclusivamente a esa persona. Pero eso es algo muy diferente a aceptar que cuando un individuo ha perdido subjetivamente la esperanza, todos tengamos que “animarle” a que desaparezca, en lugar de prestarle una atención humana, psicológica y sanitaria que pudiese ayudarle a salir adelante. ¿Cuánto tiempo más merece la pena vivir según que cirncuntancias? Eso es casi imposible de definir, pero nuestra obligación como seres humanos no ha de ser siempre la de ayudar a acortar los plazos en cualquier caso, sino a hacerlos lo más dignos y viables que esté en nuestra mano, y respetar el deseo del interesado sólo después de haberle ofrecido todas los apoyos y alternativas posibles. Lo demás son atajos disfrazados de buenas intenciones.

Un saludo.

Mujer-Pez dijo...

Brian, yo tampoco quiero discutir, pero no veo relación entre lo de "vivr un día más" y acordarse de Dios. Lo que quería decir era que, a medida que nuestra vida se va deteriorando (sea por los años o por un enfermedad) vamos rebajando estándares. Cuando uno es joven le es fácil hablar de suicidio. Pero, paradójicamente, cuando se hac euno mayor la fatalidad ya está suficientemente conspirando para que no haga falta tomar esa decisión. ¡Cuántos poetas o cantantes de 20 años no han dicho "muere joven y sé un bonito cadáver"? Y lo decían de verdad. Pero luego, a los 50, se quitan de las drogas y el alcohol y hacen apología del zumo de frutas, aunque se miren al espejo y se vean hechos esa mierda que pensaron que nunca tolerarían. Yo, cuando mi madre estaba en ese proceso de demencia y degeneración física sé que no quería morir...aún. Siempre aún, a pesar de que pocos años antes había hablado como todo el mundo de su deseo de morir si llegaba a esta situación.

Mujer-Pez dijo...

Apóstata. por supuesto que soy partidaria de que en casos irrevesibles y con sufrimiento no sólo no se alargue la vida, sino que se ayude a paliar el dolor aún a costa de la vida. pero eso se hace ya en todos los hospitales, es una cuestión de sentido común.
A mi padre me consta que le dieron un "empujoncito". Yo sé que fue así y ellos saben que yo lo sé. No hizo falta ni hablar. Pero nadie le aterrorizó 4 dias antes diciendole que existía ese plan A.

Brian dijo...

No mezclemos churras con merinas. No tengo 20 años ni soy poeta; tengo 63 y sé de qué estoy hablando. Los que pedimos una regulación de la eutanasia y del suicidio asistido sólo reclamamos el derecho de autonomía. De forma directa o a través de quienes puedan ejercer nuestras últimas voluntades. No pido que se mate a nadie, sólo pido el derecho a mi propia muerte. Y no estoy frivolizando: mientras pueda vivir en condiciones aceptables estaré encantado de seguir vivo.

Marcela dijo...

No sé si viene al caso o no, pero lo cuento:

Tuve una conversación hace algún tiempo con la madre de un niño de dos años. Estábamos ambas en la consulta de un endocrino de campanillas. Y nos pusimos a charlar sobre cómo habíamos llegado hasta allí. Ella me dijo: "Yo no levantaba cabeza tras el parto, cada semana era peor que la anterior. Estaba con antidepresivos y no mejoraba. Casualmente un día me encontré con el dr. P (el endocrino de campanillas en cuestión, que había sido médico de su familia años atrás). Me dio la enhorabuena por el niño y me preguntó cómo me encontraba. Le dije que no dejaban de asaltarme pensamientos muy negros. Pensamientos muy negros hacia mi hijo y hacia mí misma. El dr. P me dijo: hazte un análisis de anticuerpos antitiroideos. Me lo hice al día siguiente. Mi cifra de anticuerpos superaba en treinta veces el límite permitido. Tiroiditis posparto. Llevo un año con el tratamiento de tiroxina. Los anticuerpos, aunque todavía altos, han bajado hasta límites aceptables. Ahora me encuentro bien y soy muy feliz con mi niño". Por pudor no me atreví a preguntarle en qué consistían esos pensamientos negros.

El pasado mes de mayo una mujer canaria mató a su bebé de cinco meses. Otra madre, en esas mismas fechas, lanzó a su niño de seis meses por un barranco. Y ambas estaban diagnosticadas de depresión posparto.

Algunas afecciones endocrinológicas, como el hipotiroidismo, pueden llegar a ser fuente de gran sufrimiento mental. Dada una situación de falta de diagnóstico o de diagnóstico erróneo, algo que es más habitual en España de lo que parece, podrían llegar a pedir el suicidio personas que con solo 100 mgr de tiroxina verían la vida como el más prodigioso de los milagros.

Brian dijo...

No quisiera desanimar a Marcela, pero esos 100 mgr de tiroxina que harían ver la vida "como el más prodigioso de los milagros" ya fueron inventados por Aldous Huxley hace casi 80 años: él lo llamó "soma".

Anónimo dijo...

Hay gente que se plantea aguantar.
Hay gente que no.
Hay gente que hace lo que otros hacen
Hay gente para quienes los derechos y deberes deben llegar a la estampación en el papel de la ley.
Hay gente que busca fuera.
Hay gente que busca dentro.
Los hay que encuentran.
Los hay que no.
Hay momentos en que lo seguro de hace un tiempo, tiembla.
Hay momentos inesperados.
Y luego está el aburrimiento.
Yo no quiero saber qué me va a pasar y si lo averiguo por una intuición, mira!
Pero si es por ley, la ley aplicada por gente viva a la que le importo un bledo... y ya sin fuerzas para salir por pies del pulcrísimo hospital!!!
Una niña en cuerpo de vieja, eso será lo que yo seré. No, no quiero que me maten el día antes.