Mi amigo Eduardo Robredo me envía un artículo en el que por primera vez veo este término. Define la atracción sexual que puede inspirar alguien inteligente más allá de su aspecto físico. No parece nada nuevo, salvo una expresión rimbombante.
Los enterados del discurso básico de la psicología evolutiva tendrían una respuesta lista. Pero sólo en una dirección. La que va de la mujer al hombre. Ella se enamora de la inteligencia por ser rasgo de macho alfa y soler estar asociado a un estatus superior. Ya sabemos que, aún hoy en día, las enfermeras se casan con los médicos pero no es común una médico casándose con un enfermero.
También te dirán que disfrutamos de una importante plasticidad en la sexualidad humana, pero las mujeres son de Venus y los hombres de Marte y es lo que vas a encontrar estadísticamente hablando. Pero, ¿existe algo parecido a un “progreso” sexual o nos encerramos en nuestro sabio escepticismo? El ejemplo personal no sirve de nada si lo que queremos es hablar en términos generales, pero yo he sido prototípicamente darvinista y todo lo contrario en distintos momentos de mi vida. A veces, he sido de Marte. Y tampoco me ha ido tan mal.
Existen dudas, y hasta cierto sarcasmo, ante el supuesto “progreso” moral del ser humano y no digamos de su presunta evolución (en sentido no científico) hacia una mayor bondad como ha sugerido Steven Pinker en su último libro. Pero él nos invita a mirar a nuestro alrededor y a que comparemos. Quizá no sea mala idea proponer un discurso menos conservador (en sentido amplio) para las relaciones entre hombres y mujeres que contemple con la misma seriedad los avances en las disciplinas basadas en la ciencia. El problema con la psicología evolutiva pop es que cierra la boca a cualquier discusión sobre un progreso en la igualdad sexual, y alimenta la misoginia y los estereotipos sexuales. Cuando uno se hace mayor y mantiene sus pautas de macho de hace 30 años tal vez tenga necesidad de justificarse en base a esa naturaleza humana que igual vale para un cavernícola que para un catedrático de lo que sea.
El hombre es promiscuo y en todo caso busca parejas fieles y cómodas. La mujer es reservada porque invierte en machos con estatus. Quizá convendría mirar también a nuestro alrededor y ver si eso sigue inalterable. No cabe duda de que los modos tradicionales en lo sexual no serán borrados del todo por las nuevas costumbres, más bien va a haber un mix conflictivo. Pero la mayor expectativa de vida en plena actividad y los quizá largos años en una dorada edad madura (por no llamarla “tercera”) cambiarán algunos valores. Sin flexibilidad en el repertorio de las conductas y una mayor valoración de la inteligencia de la pareja -incluida la de ella- (guapos lo vamos a ser todos dentro de poco si la sociedad avanza como se prevé) se van a hacer eso, muy largos.



